jueves, 6 de abril de 2017

Crítica personal: Dos Chicos Besándose

Título: Dos Chicos Besándose
Título original: Two Boys Kissing
Autor: David Levithan
Editado en España por: Nocturna Ediciones

Sinopsis:

Craig y Harry tienen diecisiete años, un pasado en común y un objetivo actual: batir el récord del beso más largo de la historia. Y, de paso, demostrar que dos chicos besándose es algo completamente normal.

«Ese es el poder de un beso: no puede matar, pero sí devolverte a la vida».

Crítica personal (puede haber spoilers):

Un variado elenco de jóvenes homosexuales de nuestros días, moviéndose cada uno a su propio ritmo. Algunos caminos de estos son paralelos y de la mano de otro, los habrá más o menos tangentes, además de aquellos que sin rozarse sí son lo suficiente colindantes como para que compartan su razón dentro de esta novela.
Principalmente tenemos a Craig y a Harry, sobre los cuales gira ese eje de la trama que es el beso en cuestión. Se lanzan a la palestra con ese propósito, a pesar de que han terminado su relación, que Harry aún esté enamorado y que la familia de Craig desconoce la orientación sexual de este. Cuentan con el apoyo incondicional de amigos y los padres de Harry, además de muchas otras personas a medida de que ese beso se vaya volviendo viral; pero al mismo tiempo también emergerán los detractores, pasando estos desde los inofensivos y silenciosos hasta los más ofensivos, crueles y cobardes. Tanto Craig como Harry lo darán todo en su empresa por diferentes motivos por encima de entrar en el libro Guiness; algunos son meramente personales pero intensos, pero ante todo el demostrar que un beso es algo totalmente normal sin importar el sexo de las personas que junta sus labios.
Y rodeando este acontecimiento, otros muchachos pasarán por sus propias tribulaciones.
Por un lado Avery y Ryan, que se conocen de manera casual y deciden verse de nuevo al día siguiente después del agrado que les dejó el breve momento que compartieron, como un capricho del destino que une la órbita de un chico teñido de rosa con la de otro teñido de azul; cada uno de ellos con sus propias cruces sobre los hombros que a priori ocultarán con una prudencia que sólo se disolverá cuando la confianza y la química den muestras de reacción. Muy vinculado a la parte de Craig y Harry está Tariq, dispuesto a ayudar a sus amigos en todo lo posible con verdadera pasión en esa causa; todo motivado en buena parte por sus propios fantasmas, de un doloroso episodio reciente de su vida a raíz de su homosexualidad. También están Neil y Peter, una parejita que se quiere y están el uno por el otro, que aunque su relación sea todo lo idílica que permite la realidad y la juventud, vemos que no se puede estar constantemente tan en la cresta de esa ola, ya sea por las complicaciones que puede haber entre dos personas que comparten sentimientos o por tribulaciones y sinsabores personales que sólo se pueden afrontar cuando la sinceridad da la cara. Finalmente está lo que le sucede a Cooper, cuya inseguridad a la hora de conocer a otros hombres y el miedo de que sus padres descubran su homosexualidad son a penas unas de tantas cadenas que lo inhiben y que le cuesta deshacerse por falta de valor y perspectiva.
Y este conjunto dará pie a todo lo que ofrece la novela, tanto lo que es evidente como lo que el lector pueda desgranar entrelíneas.

Dos chicos besándose puede considerarse una oda contemporánea a la dignidad, la igualdad y el respeto hacia la homosexualidad, inspirándose el autor en algunos hechos verídicos como parte de los ladrillos que edifican esta novela. Nos adentra en un momento de la vida de distintos adolescentes que coinciden en el tiempo, cada uno con sus problemas, sus propósitos, sus inquietudes, sus esperanzas, sus temores y sus motivos de reivindicación, así como sus sueños tanto por cumplir como los que consideran destinados al fracaso; y todo ello muestra de algún modo la realidad que aún encontramos los que pertenecemos a la comunidad LGTB.

Bajo su trama se puede apreciar ese factor crucial que es el objetivo de normalizar, capaz de ablandar la áspera dureza de algunas mentes reticentes dispuestas a abrir su visión del tema.
Aunque la homosexualidad sea el denominador común de esta ecuación, a fin de cuentas lo intrínseco de estas páginas es que eso poco importa, mostrando que debajo tienen sentimientos y afrontan situaciones iguales para cualquiera, como pueden ser el encaprichamiento por alguien que entra por tus ojos y despierta tu curiosidad insaciable; el miedo al rechazo afectivo, familiar y social que a veces nos preocupa tanto; el anhelo por un amor perdido, con la agonía de la amistad posterior a una ruptura de tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos; o el dilema de desnudar el alma propia a alguien que crees digno de ese gesto pero que aún queda presente el miedo al fracaso. Por tanto, no deja de ser una historia que en ciertos aspectos no variaría en absoluto si sus personajes hubieran sido heterosexuales, si se mira más allá de esa mera cubierta del elenco.
Y otro factor que busca normalidad, a la par que censura, es el evidente reflejo de esa homofobia que lamentablemente todavía persiste en estos tiempos, y muchas veces sin el menor intento de pudor o respeto en más de un bochornoso caso. Aquí, aunque se verá el apoyo y la tolerancia incluso en quienes no forman parte del colectivo, se refleja la saña que algunos derrochan a la hora de atacar y criticar la homosexualidad que me hizo consciente de dos verdades: que en nuestro día a día podemos seguir encontrando individuos de tal mentalidad esgrimiendo argumentos retrógradas y obcecados, y que tanto dentro como fuera de la literatura este tipo de personas son dignos de toda la vergüenza ajena del mundo.

La mayor singularidad de esta novela, para mí, fue su exposición. La primera persona es la utilizada aquí, pero más que un individuo en sí resulta por así decirlo la voz colectiva de los predecesores de los homosexuales de hoy en día, más concretamente los de unas pocas generaciones atrás. Y ese narrador indefinido y singular podría considerarse como un personaje más, aunque etéreo, que observa y apoya moralmente a los protagonistas de esta novela, expresando sus vivencias y sus sentimientos aunque sus palabras no puedan ser oídas; aullando su impotencia de querer ayudarles y no poder hacer nada; dando constancia de que no están solos a pesar de que nunca lleguen a recibir ese mensaje.

La prosa de Levithan es directa y sin molestarse en demasiados tapujos. La sencillez dinámica y la profunda reflexión de sus líneas se retuercen de manera singular y atractiva, ofreciendo una historia muy completa en muchos sentidos. Sus personajes son intensos, vívidos y atractivos, logrando el autor arrastrar al lector a lo más intrínseco de sus sentimientos.
Otro punto a favor en este aspecto, a nivel personal, es su fluidez y frescura incluso si esta es una historia contada de un tirón, sin capítulos, epílogos ni prólogos, con simples espacios blancos entre una escena y otra como únicas divisiones a lo largo de la novela. En general, mis experiencias pasadas con esta forma de narrar una historia no fueron particularmente acertadas, llegando muchos casos a caer en el tedio, pero aun así el autor logra que esta pequeña pero bien aprovechada travesía sea llevadera.

Craig y Harry, Harry y Craig. Posiblemente los personajes que se llevan una buena tajada, pues no en vano son los dos chicos del título. He llegado a empatizar mucho con ellos en más de un aspecto. Fueron pareja, y aunque sólo Harry es el único que muestra conservar tales sentimientos, Craig está dispuesto a apoyar a su ex novio con una intensidad que a veces resulta mayor incluso de la que pueda esperarse de las mejores amistades. Se embarcan en un objetivo que entraña muchos motivos y significados. A pesar de todo, Harry no se niega del todo a ignorar la remota posibilidad de que ese beso polémico pueda convertirse en la yesca y el pedernal que reaviven los sentimientos de Craig; y este se vuelca en esta idea, entre su inquietud ante la posible reacción de sus padres de conocer lo que ignoraban y el quitarse del tirón ese esparadrapo que es vivir plenamente con lo que es él en realidad incluso dentro de su propio hogar. Una pareja que, a pesar de que no mantienen más relación con una buena amistad llena de la confianza y la sincronía reminiscente de su previo noviazgo, los hilos que los atan son muy fuertes y que están el uno por el otro en lo bueno y en lo malo. Claramente todo lo que ocurra antes, durante y después de ese beso tendrán su peso no sólo en su objetivo principal de revindicar, sino en si puede haber una segunda y definitiva mejor parte de un Love Story que acabó, o si esa experiencia será lo último que asiente esa buena amistad que ambos han mantenido tras su ruptura. Resulta agradable e incluso sorprendente todo lo que puede aportar ellos dos, a pesar de que la mayor parte del libro se encuentren frente a frente, labios contra labios.
Tariq me pareció alguien entre la espada y la pared. Está dispuesto a apoyar la causa de Harry y Craig con optimismo, entrega y arrojo, pero eso no evita que ante las claras y abiertas intenciones de odio y agresión (ya sea física o verbal) se sienta impotente, anulado y amedrentado, pues al comienzo de la novela se refleja una desagradable experiencia por cortesía de la homofobia.
Neil y Peter, Peter y Neil, otra parejita aunque estos sí están juntos y revueltos. Jóvenes apasionados como se suele ser a esa edad, en especial en el amor. Pero con ellos vemos esos pequeños detalles que podemos reconocer en cualquier relación, como pueden ser los celos o que esperemos erróneamente que tener pareja sea lo que solucione algunas asperezas de nuestra vida personal. Dos muchachos con un vínculo natural, que no es cien por cien idílico como busca la mayoría, pero que incluso en momentos no tan pletóricos pueden caminar de la mano con firmeza y sin perderse el uno al otro, siempre que no pierdan ese norte que un día decidieron mirar en común.
Avery y Ryan son dos desconocidos cuyo primer encuentro los convierte en pareja en potencia. En ambos vemos, cada uno con su propia personalidad, la emoción, los nervios e incluso los miedos de conocer a alguien nuevo que prometa entrar en tu vida de manera especial; esa primera chispa de vigorosa química que deberán descubrir si esa reacción perdura o no. Dos muchachos con sus similitudes y diferencias, con partes de sus vidas que recelan o se avergüenzan a la hora de compartir, con la preocupación de que ese extraño encontrado de manera casual no pueda entenderles como ellos empezaron a desear cuando sus miradas se cruzaron aquella noche. Avery es quizás el que en general caiga más en la timidez algo cohibida y Ryan el que se lance más a conocer mejor a ese chico de pelo rosa al que no dudará en dedicar su interés y su empatía; pero esto no quita que al teñido de azul le pierda la sombra de sus propios fantasmas y el peso de algunas de sus cruces difíciles de encarar, que quizás pongan en riesgo algo que podría ser único y prometedor.
Y por último, y no menos importante, Cooper. Un personaje digno de compasión, pues su propio miedo y ostracismo (en especial hacia su padre) es lo que facilita que pueda perderse a sí mismo en todos los sentidos, y alguien como él puede ser inconscientemente dañino y autodestructivo cuanto más crece lo que despierte miedo y duda en su interior.
Y como personaje considerado de relevancia, aunque no participe en los acontecimientos ni sea alguien propiamente dicho, tenemos esa voz narradora. Concebido, ni más ni menos, como una especie de representante de la memoria de todos los homosexuales que han caminado por este mundo, los predecesores de los que caminan hoy en día por la vida; aquellos que les tocaron épocas y circunstancias incluso más difíciles, ya sea por la represión social, las vejaciones de quienes esgrimían el odio y el asco, o el virulento azote de la poco memorable época del sida. Visceral resulta la angustia de esta voz cuando estos muchachos sufren o son víctimas de alguna injusticia, el orgullo que martillea en su esencia cuando luchan por lo que creen o superan un nubarrón de sus circunstancias, o la necesidad de ayudarles y no ser capaces de ello. Y mediante este narrador como personaje espectador, se trata de hacer ver al lector que hubo tiempos mucho peores que ahora para los homosexuales, tiempos en los que se luchaba más para tener por lo menos un pequeño remanso de alegría entre la amargura, pero que precisamente por estos antecedentes nos hace valorar más lo que se ha logrado a base de décadas (e incluso siglos) y lágrimas; pero no por ello no se puede dejar de avanzar en este sentido, como hace la propia humanidad.

En general, una novela bien condensada en sus poco más de doscientas páginas, con líneas que rezuman puro potencial narrativo que atrapa y agrada, que con facilidad emociona y da pie a la reflexión. Una trama tierna y conmovedora, dulce y amarga en correctas proporciones, que puede verse un tanto sencilla y mundana en muchos aspectos, pero curiosa y bastante singular como para que muchos puedan identificarse en mayor o menor medida, completamente imposible de adelantarse a los acontecimientos que aquí se exponen. Sus personajes, con cada situación que viven durante ese largo beso que revoluciona en más de un sentido a quienes se hacen saber del mismo, entonarán con sus acciones algo digno de recordar, reflexionar y creer.
Un final que me dejó satisfecho por entero. Aunque es cierto que encontré ciertos puntos que no vi que se atajaran del todo aunque sí se intuyan, Dos chicos besándose no podía terminar de otro modo para que fuera la lectura whorty que a mi parecer ha demostrado ser.

Conclusión: Chicos que les gustan otros chicos, pero cuyas vidas, sueños, miedos y metas no se diferencian en realidad de los chicos que les gustan las chicas (y viceversa). Una novela que conciencia de esa homofobia que se resiste a desaparecer del todo por mucho que la tolerancia y el respeto se hayan asentado en la sociedad de este siglo XXI; y del mismo modo alienta a seguir atribuyendo toda normalización plena incluso en algo tan simple como dos hombres que se besan.


Mi valoración global: 5/5

sábado, 25 de marzo de 2017

Crítica personal: Memorias de Idhún II - Tríada

Título: Memorias de Idhún II: Tríada
Autora: Laura Gallego
Editado en España por: SM

Sinopsis:

“El dragón y el unicornio han llegado… El dragón y el unicornio están aquí…” La noticia corre como la pólvora entre los Idhunitas contrarios a la tiranía de Ashran el Nigromante. Crecen así las esperanzas de que la ansiada profecía se cumpla y el mundo de Idhún sea liberado. Y, sin embargo, la guerra sigue y los miembros de la Resistencia toman caminos diversos. Además, ¿cómo creer en Jack y Victoria, si Kirtash, el shek, está con ellos?

Crítica personal (puede haber spoilers):

Los intensos acontecimientos narrados en el primer libro de esta trilogía a duras penas fueron la premisa de lo que de verdad estaba por llegar.
Finalmente, una vez encontrados el dragón y el unicornio, la Resistencia decide dejar atrás la Tierra para regresar a Idhún. La profecía parece estar dando los primeros pasos hacia su culminación, pero nadie contaba con que Kirtash, un shek e hijo de Ashran, se “uniera” a sus filas por sus inesperados sentimientos por Victoria (encarnación humana de Lunnaris, el último unicornio); o que esta no sólo le corresponda, sino que al mismo tiempo sienta amor recíproco hacia Jack (encarnación de Yandrak, el último dragón), el cual atesora un odio instintivo correspondido hacia el joven con el que comparte el corazón de su amada.
Los pueblos que ansían la libertad de Idhún a duras penas soportan el yugo del Nigromante, volcando sus esperanzas más en esa profecía que en esa Resistencia que comienza a buscar vías de crecer y fortalecerse ante un conflicto tan desnivelado como inexorable. Pero nadie entenderá cuan importante puede ser el extraño vínculo que unen al unicornio, el dragón y el shek; además de inverosímiles verdades tras las palabras de los oráculos.

Tríada nos sumerge en una aventura de proporciones homéricas, junto a un triángulo amoroso singular que tendrá demasiado que ver con el destino de la confrontación entre la Resistencia y los aliados que recopilen por el camino contra la tiranía de Ashran y los sheks. Este segundo libro, aunque tenga de por medio una mayor presencia de un cliché típico que es una profecía, alardea credenciales de ser un entramado finamente hilado con secretos, intrigas, mentiras y traiciones; con la acción trepidante que preña cada página; con la impertérrita voluntad de los miembros de la Resistencia tanto en sus objetivos comunes como en otros más personales; con la minuciosa pulcritud de las jugadas de Ashran en esta partida tan decisiva en ese exótico y atractivo escenario que es Idhún; con todo lo que puede surgir entre los tres jóvenes cuyos destinos y sentimientos se entrelazan.

Uno de los puntos fuertes de Tríada es que se muestra al fin Idhún como mundo en todo su esplendor, con un detalle en todos sus aspectos perfectamente concebidos (geografía, razas, culturas, creencias, etc) y con una coordinación y coherencia que agrada al lector y espolea la curiosidad por ese lugar tan recóndito al nuestro. Además se profundiza claramente en reflejar como es ese mundo en los años de tiranía del Nigromante, donde los mezquinos han sabido como dar rienda suelta a sus peores deseos y ambiciones, donde los justos y débiles a penas se les permite callar y cabizbajar ante la injusticia a la que parecen haberse acostumbrado del todo.

Este segundo libro es donde más se marca el verdadero despertar de Victoria y Jack como unicornio y dragón, además del conflicto interno que sufre Kirtash entre el shek de su interior y ese lado humano que se ganó el nombre de Christian. Llegué a sentirme, sobre todo cuanto más avanzaba la novela, que cada uno de estos tres personajes representaba dos entidades separadas en un mismo recipiente, que a veces puedan debatirse en conflicto entre el lado humano y el instinto de la criatura sobrenatural; y al mismo tiempo, convertirse esta dualidad en dos piezas conexas inseparables y dependientes la una de la otra, capaces de armonizar si cada uno de estos personajes encuentra su propio punto de balance.

Sin duda, al igual que todo lo que implica la profecía y el inminente conflicto decisivo, se vuelve más crucial y complejo, página a página, el triángulo amoroso Jack-Victoria-Christian. Primero por el hecho que ella ame exactamente igual a ambos muchachos y que mantenga una relación con ellos de manera simultanea cuando están a su lado, aunque esto no implica la total conformidad de ellos dos. Por otra parte está ese virulento punto de tensión entre Jack y Christian, aunque sea el primero el único que da señas claras de celos y exigencias, porque aquí entra en juego, para complicar más todavía la ecuación romántica, el odio inevitable y racial que se profesan el dragón y el shek, toda una prueba a afrontar cada vez que ambos están cerca y que tratan de mantener a raya lanzarse el uno a la yugular del otro a la primera de cambio por el amor que sienten sus lados humanos… pero nada garantiza que esa tregua sea tan indefinida como desearía Victoria.
También se distinguen los dos universos tan distintos que son ambas relaciones por separado. Jack es más apasionado, expresivo y ligado en sus sentimientos, mientras que Christian es más independiente y libre pero no por ello menos sincero y desvivido que el otro; y aquí choca el gozo emocional de Victoria con cada uno de ellos, a pesar de esa marcada diferencia. Además, otro aspecto interesante es la relación que previsiblemente inician Jack y Christian al comienzo del libro, cuando logran atar lo suficiente corto ese odio ineludible; lejos de que puedan ser amigos propiamente dicho, pero sí cordial y respetuosa hasta cierto punto dentro de esa difícil situación cuando anteponen a Victoria, al comprender a su vez que el otro la ama con la misma franqueza y que privárselo sería un egoísmo que pondría en tela de duda la franqueza de su amor hacia ella.

Tríada se compone por Despertar y Predestinación, de catorce capítulos cada uno, con un prólogo al comienzo del primero y un epílogo cerrando el segundo, y una vez más la voz en tercera persona se encarga de la narración.  Ambas partes corresponden a los libros tercero y cuarto de los seis que originalmente compusieron la obra antes de su conversión oficial y definitiva en trilogía.
El estilo narrativo y la creatividad de Laura Gallego siguieron sin darme motivos de decepción, además de regalarme aquí uno de esos casos que rompe mi rutina de lectura en que una segunda parte decaiga ligeramente respecto al inicio. Si La Resistencia me lanzó un cabo, Tríada me espoleó a asirme a esta lectura con fuerza. Una prosa detallada pero directa, intensa sin ser abrumadora, junto a la concepción de un mundo preñado de fantasía y aventura que se ganan fácilmente el calificativo de “épico” son claros ejemplos de que Memorias de Idhún sea la obra estandarte de esta excelente autora. Otra virtud de la narrativa de Gallego digna de elogio y admiración es el amplio abanico de emociones que rezuman sus personajes, tan distintos entre sí, del amor al odio, pasando por la tristeza, la alegría, el deseo, el anhelo, la rabia y la impotencia entre tantos; un mar de sentimientos que pasan muchas veces de uno a otro de manera súbita pero sin que esto se vuelva un caos. Si argumentalmente logra equilibrio, su pluma también al transmitir dulzura sin caer en líneas empalagosas y el dinamismo que está lejos de resultar vacuo.

Victoria, quizás el eje más crucial de Memorias de Idhún, es un personaje que me produjo empatía y a su vez supuso un reto para la comprensión. Su personalidad agrada, gentil y frágil pero decidida y obstinada; aunque eso no facilitaba tanto el vislumbrar lógica sobre sus complicados sentimientos. Sin embargo, se irá dando a entender un poco mejor el porqué de esta forma de amar tan extraña a esos dos jóvenes destinados a un odio racial insuperable por más que ellos lo retengan. Del mismo modo, se irá mostrando más la influencia del unicornio en su personalidad para explicar mejor la forma de ser de Victoria. En general, un personaje con el que disfruté leyendo, es especial por la repercusión sobre ella de distintos acontecimientos de esta trama en los que a veces su corazón noble y su doble amor despedido pueden llegar a ser su propia perdición. Llegó a sorprenderme en gran medida, además de emocionarme y consternarme a lo largo de la segunda mitad del libro.
Jack llegó a agradarme en mayor medida que en La Resistencia. Por un lado, no deja de ser un muchacho como cualquier otro, y eso se demuestra lo que le cuesta digerir que la dicha de gobernar en el corazón de Victoria implica un reino con dos coronas. En Tríada se vuelve más nítida y firme la línea de su evolución y maduración tras cada acontecimiento que fraguará en él alguien nuevo pero que tampoco deja de ser ese Jack del comienzo. Quizás de los tres principales es el que más se encuentra a sí mismo, sobre todo en lo que se refiere a Yandrak.
Kirtash/Christian sigue siendo un personaje interesante de leer, sobre todo porque aquí se nos regala la oportunidad de conocerle mejor; sobre todo de lo que está implicando en él sus sentimientos por Victoria o la superficial relación que mantendrá con otras personas, en particular Jack. Se indaga más allá de la imagen de asesino que se ganó el temor de todos los idhunitas, o del híbrido humano y shek que lo convirtió su padre. Se nos muestra su frialdad e indiferencia prácticamente incurable que su amada y parcialmente su antagonista son de los casos puntuales capaces de traspasar, pero muy intrínsecamente se llega a vislumbrar que no es el cero absoluto a nivel de emociones. El estigma de su historial de muertes y la facilidad con la que ignora el valor de la vida será algo muy marcado en él, pero que no dejará de entreverse que eso es sólo la punta más sombría del iceberg de su persona. Su forma de amar trata de demostrar que la independencia y la libertad en una pareja no están reñidas con la ligadura entre sendos corazones. Aunque su proceso de desarrollo no me resultó tan acentuado como el de Jack, Kirtash tampoco me dejó indiferente.
Son muchos los personajes que se muestran aquí. Viejos conocidos como Alexander, Shail y Allegra a los que sumar caras nuevas que se unen para expandir y enriquecer tanto la trama como el escenario principal. Y resultó agradable en buen grado como estas pequeñas piezas llegan a destilar una presencia y una participación mucho más grande de lo que puede esperarse de secundarios, con historias y dilemas personales enredándose con acciones vinculadas a los acontecimientos principales que se explotan más de lo que me cupe esperar al iniciar esta lectura. De algún modo, en general, este amplio abanico de personajes, entre humanos y otras razas de Idhún, son un gran sostén tanto para el trío protagonista como al porvenir marcado por la profecía.
Ashran el Nigromante siguió pareciéndome un antagonista bastante interesante. Cumple su rol con los criterios más clásico, pero al mismo tiempo con evidentes pinceladas que lo alejan lo suficiente de los clichés. Algo positivo en este personaje es su velo de misterio que supone tanto sus metas verdaderas, las sendas por las que quiere encauzar en verdad sus planes y, obviamente, su propia persona. Sorprendentemente inquietante en sus apariciones, pues uno no evita recelar de él por su temple incluso en momentos en que parece estar en jaque o que ocurra algo en la trama que evidencia más el peligro que corre su supremacía; porque a veces da la impresión de que va más de un paso por delante, incluso cuando todo parezca ir poco a poco en su contra, sin que la profecía o las decisiones de las piezas principales de la misma le perturben lo más mínimo.

A groso modo, Tríada es una continuación atractiva e intensa que engrandece la trilogía, con giros en el argumento que la hacen escasamente previsible, un ambiente de fantasía y de aventura que atrapa. En general, y para agrado del lector, los caminos que siguen tanto la trama principal como el factor romántico son difíciles de anticiparse, y en general logran impactar con asiduidad; sobre todo en esa parte intermedia entre el tercer y cuarto libro.
El final no es menos que soberbio, con promesas de ser determinante pero dejando la incertidumbre necesaria para picar a adentrarse sí o sí en Panteón. Aunque muchos acontecimientos de la trama puedan darse por cerrados al final de estas líneas, no todo estará tan atado como muchos habitantes de Idhún puedan dar por sentado, en especial las propias tribulaciones de los principales implicados de la Resistencia; porque todavía les depara mucho más allá de estos acontecimientos narrados en Tríada, y seguramente en una escala superior a lo narrado en estas páginas. Y algo que me agradó en este aspecto fue el epílogo: impactante y demoledor, inesperado saliéndose de toda conjetura, capaz de dejar al lector abrumado e incrédulo hasta que pueda sondar el último capítulo de esta trilogía que, a estas alturas, se ha ganado el adjetivo de memorable.

Uno de los atractivos de este libro, a nivel edición, es su diseño. Sus páginas y su sobrecubierta siguen la línea de La Resistencia, pero la cubierta inferior, tanto en su exterior como en sus caras interiores, regala ilustraciones de esta historia (de Marcelo Pérez) y un mapa bastante detallado de Idhún (de José Luis Navarro); elementos que la hacen ganar frívolos puntos a esta lectura.

Conclusión: Un mundo fantástico y mágico lleno de posibilidades, con una trama llena de acción y una historia de amor a tres bandas que se compenetran y equilibran a la perfección en el argumento de este segundo libro. Los sentimientos de Victoria, Jack y Kirtash tendrán mucho que decir en la profecía, mientras algunos están dispuestos a luchar por Idhún, moviéndose creyendo en sí mismos independientemente a las palabras de los oráculos. Tríada es el perfecto cantar de los juglares de ese mundo que narre el principio de un final… o el preludio que de pie a otro cantar aún por entonar en Panteón.


Mi valoración global: 5/5

lunes, 13 de marzo de 2017

Crítica personal: El Corredor del Laberinto 3 - La Cura Mortal

Título: La Cura Mortal
Título original: The Death Cure
Autor: James Dashner
Editado en España por: Nocturna Ediciones

Sinopsis:

«Mátame. Si alguna vez has sido mi amigo, mátame».

Desde hace tres semanas, Thomas vive en una habitación sin ventanas, de un blanco resplandeciente y siempre iluminada. Sin reloj y sin contacto con nadie, más allá de las tres bandejas de comida que alguien le lleva a diario (aunque a horas distintas, como para desorientarle).

Al vigésimo sexto día, la puerta de abre y un hombre le conduce a una sala llena de viejos amigos.

Muy bien, damas y caballeros. Estáis a punto de recuperar todos vuestros recuerdos. Hasta el último de ellos.

Crítica personal (puede haber spoilers):

Al tratarse del final de una saga/trilogía, será inevitable la mención de sucesos considerados sabidos. Si lees esta reseña sin haberte adentrado previamente en los libros anteriores, hazlo bajo tu propia responsabilidad.

Thomas siente, durante ese aislamiento en el cual es sometido tras el rescate de los munes supervivientes de las pruebas en la Quemadura, que los planes de CRUEL no terminarán nunca, y que estos seguirán jugando con todos ellos. Sin embargo, no siempre saldrá todo dentro de las conjeturas de esa organización, pues las elecciones de esos jóvenes parecerán salirse al fin incluso de los propios márgenes de seguridad del Hombre Rata.
Una elección y una revelación que impactará en todos ellos. ¿Recuperar todos sus recuerdos, con todo lo que ello conlleva, o no? ¿Qué pasaría al descubrirse que no todos eran inmunes al Destello y quienes podrían estar ya contagiados?

Aquí se pone punto y final a todo lo que empezó con el laberinto. La búsqueda de CRUEL por esa ansiada cura ha durado demasiado tiempo, con tal seguridad en sus propósitos que creían que nada podría variar; pero en esta vida, y más con una enfermedad como el Destello pululando por el mundo, nada puede estar afianzado por más en corto que se trate de atar.
Muchas vidas inocentes y jóvenes se perdieron durantes los experimentos, esperando esas variables que brindaran la solución al mal que carcome a la humanidad hasta la denigrante  demencia. Todas utilizadas sin remordimiento por parte de CRUEL, justificándose en el altruismo de un bien mayor. Y aquí, ya sea para bien o para mal, todo acabará.

En La Cura Mortal se dará inicio a una serie de acontecimientos determinantes a raíz de las decisiones de unos y otros personajes (obviamente, en especial por parte de Thomas) en medio de ese mundo cada vez más sumido al fracaso y la decadencia de la raza humana ante esa extraña enfermedad. Pero más allá del porvenir delicado de la sociedad, Thomas transitará más pruebas y sinsabores que pondrán en juego mucho de sí mismo y de quienes le rodean; y posiblemente a muchas más personas de las que pudiera imaginarse.
Aquí la supervivencia propia y, a lo sumo, de quienes sean allegados se vuelve más crucial que nunca; pero quienes se hayan calado a su protagonista, sabrán de antemano que es muy probable de casos en que trate de expandir los límites de su buena fe y de su preocupación hasta un radio poco esperado en un mundo que tiende más al egoísmo y la infamia.

Y por más que se resistan, el jaque a CRUEL se vuelve más factible no tan fácil de conseguir. Se obcecan en su ansiada cura, sin reparar en costes tanto económicos como humanos, pero su escasa y dudosa credibilidad se vuelve más delicada a medida que se destapan incoherencias y realidades que ni el mismo Janson quiere reconocer aunque las evidencias sean estampadas en su cara de rata, dispuesto a seguir intentándolo todo con tal de no dar crédito a sus posibles fracasos.
Pero la misma visión de CRUEL sigue siendo un punto que da puerta abierta a más de un debate. Puede que algunos sí que crean en las palabras de Teresa, de que CRUEL es buena porque están dispuestos a todo por esa cura del Destello, si desde la objetividad se pone en una balanza por un lado el sacrificio y en el otro plato las posibilidades de recuperación de la humanidad y, en consecuencia, de ese mundo azotado; pero eso no resta lo injusto e impúdico que representa el uso de esas vidas como meras herramientas por más que se trate de pensar en el futuro, además de lo mucho que flojea esa determinación cuando se desgrana la propia corrupción de moral en mayor o menor medida en quienes forman cabeza pensante y ejecutora de esta organización.

Este último acto de El Corredor del Laberinto promete ser más inesperado e impactante que los anteriores, donde se pone en juego literalmente todo. Se apartan todos los telones que quedaban sobre ese escenario, el mundo del que tan poco recordaban los clarianos, y toda la situación real de la que vivieron forzosamente ajenos. El lector ve junto a los protagonistas como se esclarece ese mundo y la verdad de esa crisis que lo lleva a un agonizante límite, dándose aquí una dimensión mucho mayor de lo que ofrecía tanto el laberinto como la Quemadura; que por más preventivas que sean las medidas de la sociedad, el Destello se vuelve una marea imposible de domar para los desdichados que no gozan de la suerte de pertenecer a esa minoría inmune, y no ayuda nada la podredumbre de algunos individuos que a nivel humano no son demasiado mejores que esos locos que han perdido todo control de sus cerebros. Es entonces cuando uno se desprende de toda duda de que si esta trilogía pertenece de verdad al género en el que es catalogado.
Y como buena distopía, teniendo en cuenta todo lo expuesto en los anteriores libros y que aquí nos hayamos en un punto y final, se muestra en este punto el paroxismo que puede alcanzar la historia en lo que se refiere a resultar despiadada argumentalmente, con caprichosas ironías del destino y la muerte jugando con su guadaña con mayor travesura. Ahonda al lector en un futuro hipotético realmente arrasado, con la desesperación convertida en un cabo al que se agarran en ese mundo que amenaza con volverse más y más caótico. Pero a pesar de todo, aún demuestra que haya cabida para un resquicio de lo mejor de las personas a pesar de que esto sea una débil llama; y precisamente ese último bastión de humanidad que vemos entre su elenco hace que el libro sea bastante visceral.

El estilo de su autor sigue la línea de los anteriores y de manera más potenciada. Desde mi propia perspectiva, es el que más derrocha dinamismo y fluidez en su exposición, haciendo James Dashner que sus páginas te atrapen más en este tercer volumen, sabiendo espolear las ansias de curiosidad del lector. Ya el mero hecho de escrutar la prosa y la creatividad base de este autor supone un punto de consideración a esta lectura si uno es afín a las novelas distópicas.

Aquí vemos a un Thomas más curtido después del laberinto y las Pruebas, pero aún así sigue sufriendo y padeciendo sin caer de lleno a la insensibilidad más profunda. Afrontará muchas decisiones difíciles y amargas, se sentirá romper en cuerpo y alma, pero aun así seguirá avanzando de algún modo por más que duela, tragando muchas veces para sí mismo lo peor que tocará afrontar y contemplar, sin perder esa virtud suya de abnegarse por los demás (en especial a quienes estima). Aquí se aprecia más lo humano que es, en su sufrimiento y su tristeza, en los escasos momentos de dicha dentro de la adversidad en la que se bambolea, en su rabia e impotencia; y como protagonista, en este último tramo, ha sabido demostrar mejor su rol.
Newt y Minho serán más cercanos e inseparables que nunca con Thomas ante las tribulaciones en las que se embarcan sin premeditación, moviéndose siempre adelante aunque sólo puedan ver tinieblas soterrando su futuro. Ambos serán víctimas del destino, en mayor o menor medida, pero hasta el mismo final siempre estará patente, por muy remoto que sea, el vínculo que les ha unido a ambos desde los tiempos del Claro y lo que ellos han llegado a estrechar sus almas con ese verducho que tanto ha influido en ellos. En un sentido u otro, estos dos personajes y sus resoluciones en la trama lograron conmoverme.
Teresa ha seguido demostrando aquí, desde mi criterio, una caída constante como personaje, en algunos momentos de modo gradual pero en otros precipitándose en picado. Un personaje desaprovechado que ni siquiera en el final logró ser tan memorable como se esperaba que fuera. Y casi lo mismo podría decir de Brenda, que también relucía algo de potencial pero que, a pesar de no desagradarme, tampoco logré ver en ella una heroína complementaria al principal. Quizás las féminas sean uno de esos puntos en los que me haya faltado convicción.
La verdad es que poco llegó a calarme el resto del elenco, al sentir que se centra más en Thomas, Newt, Minho e incluso Brenda. Algunos como Jorge y Fritanga seguirán dando su participación dentro de lo que estipuló el autor en el proceso creativo, otros nuevos pasan como tímidas estrellas fugaces que sostienen lo que les corresponden de la trama, junto algunos personajes que ya su mera aparición son un choque argumental para el lector. Destacaría en todo caso a Janson, un antagonista que tampoco vi mucho como tal al comienzo pero que ha demostrado ser bastante digno del rol que le corresponde, siendo alguien realmente tenaz en su perfidia, obsesionado en sus metas incluso si estas fueran castillos en el aire, incapaz de conmoverse ante el sufrimiento ajeno, llegando a sorprender a medida que se acerca su última escena.

Algo que caracteriza a La Cura Mortal es que demuestra ser, por un lado, un cierre de trilogía imprevisible, vertiginoso, argumentalmente despiadado y demoledor en muchos momentos. Sin embargo, estos puntos a su favor no restan que en lo personal no alcanzara la algidez que podría augurarse en un punto y final como es el caso, haciendo que en este aspecto pierda cierta convicción, lo cual no resta que me agradara la resolución de esta historia. Hay personajes (y destino de los mismos) que supusieron un vuelco para mí como lector y que llegaron a emocionarme, pero hay otros que me dejaron más bien tibio, incluso en casos donde prometía que dejaran huella.
Además, a la par que se revelaban puntos importantes que se llevaban arrastrando incluso desde el primer libro, fueron surgiendo otros que me despertaban nuevas dudas, en especial por lo que se refiere a la omnipresente enfermedad, siendo esto un motivo de dudas que sentí que se esclarecían en buena medida en su precuela El Destello.
Un final que agrada, con posibilidades, pero que de igualmente no terminó de dejar la impronta que aguardé en mis expectativas. Esto me despertó sentimientos encontrados, considerando que otros cauces en la trama pudieron darle un final más de mi agrado personal, pero al mismo convencido de que todo esto en general no podía haberse finiquitado de otra manera.

Conclusión: Un cierre de trilogía que da una de cal y otra de arena. Un final intenso y vertiginoso, con mucho pie a reflexiones morales en ese mundo caótico, pero que no logra dar del todo el mérito que prometía su potencial. De todos modos, El Corredor del Laberinto es, de principio a fin, una saga que agradará a cualquier lector que encuentre su encanto al género de distopía.


Mi valoración global: 3/5


viernes, 24 de febrero de 2017

Crítica personal: Little Women (Mujercitas)

Título: Little Women
Título en español: Mujercitas
Autora: Louisa May Alcott
Editado en inglés por: Varias editoriales
Editado en España por: Varias editoriales

Sinopsis:

Come laugh and cry with the March family.
Meg − the sweet-tempered one. Jo − the smart one. Beth − the shy one. Amy − the sassy one. Together they’re the March sisters. Their father is away at war and times are difficult, but the bond between the sisters is strong. Through sisterly squabbles, happy times and sad, their four lives follow different paths, and they discover that growing up is sometimes very hard to do…

Crítica personal (puede haber spoilers):

Un clásico en el que siempre quise adentrarme a raíz de las diferentes adaptaciones para la pequeña y gran pantalla con las cuales disfruté tanto a lo largo de mi vida, pero ha tenido que pasar bastante tiempo para que se terciara la ocasión (además en inglés).

La historia gira en torno al hogar de los March en Concord, Massachusetts, más concretamente en las cuatro hijas del matrimonio. El telón de fondo histórico de los acontecimientos que viven es la guerra de Secesión norteamericana, lo que acredita a nivel argumental la ausencia del cabeza de familia, Robin, al alistarse como capellán para el ejército de la Unión.
Se nos presenta cuatro hermanas realmente distintas entre sí. Margaret (Meg), de dieciséis años al comienzo de la novela; Josephine (Jo) de quince, Elizabeth (Beth) de trece y Amy de doce. Las cuatro viven con su madre, Margaret como la primogénita aunque es más conocida entre los suyos por el apelativo de Marmee, una mujer que demuestra temple, predisposición y caridad; ayudando con entrega y dentro de sus limitaciones a los más necesitados.
Se nos da a entender casi desde el inicio que los March conocieron tiempos mucho mejores que a penas recuerdan las dos hijas menores, pero las circunstancias y el abuso de terceros a la buena fe de Robin hicieron evaporar su riqueza hasta llevar a la familia, de manera inevitable, hacia una situación de pobreza de la que se mantienen más o menos a flote con gran esfuerzo.

Junto a su humilde hogar en el momento de esta novela, está la mansión de su adinerado y anciano vecino, el empresario James Laurence, adonde recién se instala el nieto de este, Theodore, de la misma edad que Jo y que siente curiosidad por la bulliciosa vida de sus vecinas desde la quietud sobria del hogar de su abuelo.

La historia de Mujercitas es un paseo por la vida de estas cuatro hermanas y de quienes las rodean, mostrando los momentos buenos y malos que afrontan mientras el padre está lejos en la lucha contra el ejército Confederado.
Cada una de estas cuatro muchachas cuenta con sus virtudes y sus defectos, como cualquier persona, y las experiencias y tribulaciones que les depara esa juventud serán pequeñas pruebas para sí mismas; y bajo el atento amparo juicioso de su madre aprenderán a pulir más aún lo mejor de ellas mismas y tratar de borrar, o al menos controlar, sus propias faltas.
Se nos presentan las complicaciones de una familia adinerada acostumbrándose aún a una vida más comedida, con privaciones que les eran desconocidas en el pasado, teniendo las dos mayores la iniciativa de trabajar para ayudar en lo posible con los gastos del hogar; Meg como institutriz para los hijos menores de un hogar próspero; y Jo acompañando y haciendo de lectora en voz alta a la tía March, una viuda adinerada tía de Robin. Sin embargo, a pesar de las complicaciones económicas y de mostrarnos que el dinero es necesario para vivir, en una época en la cual las mujeres solían considerar importante casarse con alguien rico obviando a los hombres más humildes, aquí nos enseña que hay algo más, que el poderoso caballero no garantiza la felicidad como cree la mayoría de las personas. Se acentúa la humildad y los sentimientos ante la vacuidad que suponen las banales posesiones y el afán por estas de tantas personas.

Mujercitas es una obra que trata de espolear lo mejor de las personas, de sacar esa bondad innata que posee el lector como ser humano. Esto puede apreciarse por las acciones humildes y clementes de Marmee March con sus semejantes, en como supervisa y en ocasiones asesora a sus cuatro hijas a combatir sus tentaciones, miedos y defectos para que las cosas maravillosas que pueden ofrecer al mundo reluzcan; y ante todo, que sean en el día de mañana mujeres respetadas y admiradas por todos, amables y trabajadoras, pero ante todo que sean felices en sus vidas adultas.

La relación entre las cuatro hermanas me pareció cautivadora. Todas distintas entre sí, contrastes que noté incluso más acentuados respectivamente entre las dos mayores y las dos menores; y en conjunto demuestran la intensidad y autenticidad del amor fraternal (además del familiar con su madre) mucho más allá de esa mera lealtad de la sangre por la sangre que en muchos casos ya supone una imposición absoluta. Y en buena parte, considero que Jo es el nexo más fundamental entre las cuatro por las férreas y dispares relaciones que mantiene con sus tres hermanas: Cercana con Meg por la escasa diferencia de edad que las distan, habiendo entre ambas la confidencia que puede encontrarse en dos amigas del alma; protectora y afectiva con Beth, con la cual se aprecia un vínculo especial y casi maternal; turbulenta con Amy, a quien en verdad quiere como a las otras dos pero porfiada a la hora de chinchar a la menor, con la cual mantiene un amor reñido con momentos de asperezas por el choque de sendas personalidades.

Pero a parte de la férrea relación entre las cinco mujeres March, también nos muestra con notoriedad que personas ajenas al núcleo familiar puedan llegar a formar parte del mismo y desarrollar un afecto igual auténtico y sincero, que ese tipo de amor y cariño no es exclusividad a los lazos de sangre. El mayor ejemplo de esto es el propio Theodore, a medida que se profundice más su relación en el seno de la familia vecina; demostrando que el afecto verdadero va más allá de compartir apellidos, clases sociales o posición económica.

Algo a favor de la prosa de la autora es el grado de sensibilidad que derrocha en estas líneas, lo cual no mengua la profundidad; en buena parte debido a lo visceral que es la Alcott al inspirarse en sus propias vivencias, utilizando también como escenario la ciudad donde vivió con sus tres hermanas. Muestra de ello es que la voz narradora de sus veintitrés capítulos, aunque sea la típica en tercera persona, también se ve a la propia autora inmersa en todo lo que viven y sienten las March, convergiendo la escritura de esta historia con la mirada retrospectiva de las propias experiencias que toma como base de inspiración. Puede que para algunos lectores este manuscrito peque de cursilería, pero tampoco se puede negar ese punto favorable que es la forma con la cual refleja el grado de machismo de la sociedad de entonces respecto a la actualidad, así como algunos personajes (en especial Jo) rompen alguna que otra ligadura con los estereotipos femeninos, especialmente en la literatura.

Meg es la mayor de las hermanas, una joven prudente y refinada que derrocha amabilidad y dulzura. Censura el comportamiento de Jo, recordándole a esta que ya no son niñas y que deben comportarse como las señoritas que son. Demasiado calmada y con iniciativa limitada a mi criterio, pero habrá momentos en que demostrará tener más sangre corriéndole por las venas de lo que suele demostrar. El mayor defecto personal de Meg es lo mucho que llega a considerar importante el hecho de tener dinero, pues ella es la que mejor recuerda los buenos tiempos de su familia; añorando la prosperidad, ansiando una vida ostentosa, soñando con ir a miles de fiestas con elegantes vestidos sintiéndose una princesa de cuento y sumergirse en ese mundo frívolo y brillante. Sin embargo, a base de bofetadas sin mano y realidades que contemplará con ojo más crítico, aprenderá otros valores más prioritarios. Curiosamente, es la única de las cuatro que no desarrolla una cualidad artística propiamente dicha.
Jo (un personaje que muchos momentos parece contar con un protagonismo más acentuado) es a ojos de todos una marimacho orgullosa de ello, sin que le importe lo más mínimo esa opinión incluso viniendo de su propia familia. Una muchacha enérgica, fiel a sí misma, brillante, curiosa y sincera hasta decir basta. Con afán y talento para la escritura, a lo que dedica tanto tiempo como le es posible, soñando con ser una escritora famosa y ganar mucho dinero para que su familia pueda tener una vida más cómoda y despreocupada. Es impulsiva y orgullosa en extremo, bastante negada a la hora de reflexionar, saltando a provocaciones con facilidad y su lengua suele ir más rápido que su propio raciocinio; todo esto pocas veces le sirven para bien y más para meter la pata, lo cual la llevará con frecuencia a lamentarse de su temperamento, intentando controlarlo pero sin gran éxito por más sincera que sea su intención. Sin embargo, Jo es lo bastante fuerte, noble e íntegra como para no dar su brazo a torcer a la hora de mejorar y alcanzas sus propias metas; y a pesar de que esos arranques suyos suelen traerle problemas, ese corazón arrojado y entregado también saca a lucir lo que ella es capaz de hacer, incluyendo sacrificios personales, por las personas que quiere.
Beth es calmada y abnegada, capaz de enternecer desde su sencillez tanto a los suyos como al propio lector. Ella es feliz con tan sólo estar en casa (estudiando allí y no en la escuela por su delicada salud), ayudando en las tareas domésticas, tocando el piano y cuidando tanto de sus gatitos como de sus muñecas. Lo más característico de la tercera de las hermanas es su mayor defecto: una timidez tal que incluso tiende a recelar de los desconocidos (principalmente del sexo opuesto), que la lleva a una especie de ostracismo en el que sus padres y hermanas son de las pocas excepciones. Ella está siempre por los suyos, pero en segundo plano como una sombra que tema ser una molestia o una carga para el resto; una vocecilla que pasa desapercibida bajo la fuerza de los demás, bondadosa y con mucha buena fe. Un personaje que en esta familia será quizás de los más sufridos en distintos sentidos, pero que llega a sorprender cuando de algún modo ese cascarón de apocamiento empiece a ofrecer fisuras que permitan ser más confiada y relajada, que no es necesario equiparse con tanta coraza emocional con el mundo exterior a su hogar.
Amy es la que está más cerca de la niñez de las cuatro, la que es tomada menos en serio por situarse justo en la frontera que separa la infancia y la adolescencia. Una chica con buen corazón y sin malicia, aunque contraste su aptitud más bien vanidosa y caprichosa; maravillándose en especial con lo aparentemente bello que ofrece el mundo, tratando de captar esa belleza superficial en su mayor afición que es el dibujo. Otra de sus perdiciones es lo altiva y digna que se siente, algo que empeora cuando alguien (en especial Jo) la trata con condescendencia y la ubique a parte de los considerados adultos. Al igual que sus hermanas, sus vivencias en esta novela la ayudarán a crecer, aunque su camino será el más largo de las cuatro por su juventud. Un personaje que unas veces te enternecerá por la simpleza idílica con la que cree ver la realidad y en otras exasperará por su inmadurez, pasando por la empatía por su propio sentimiento de frustración de que los demás no vean del todo lo poco que le queda a ella de infancia.
Marmee es una madre, esposa y vecina de ensueño. Cordial, amable, templada y caritativa; un ejemplo que espolea la bondad cristiana, atenta de que sus hijas no se descarríen como personas en esa juventud que puede ser determinante en sus maneras de ser, y para estos último puede ser bastante drástica dentro de su propia quietud. Sin embargo, hay algo sobre ella que pocos saben y que una vez llega a conocimiento del lector, este entenderá que no es fácil ser una mujer como es ella, y que incluso llegará a admirar más a Marmee como personaje.
Theodore (Laurie para sus amigos y cercanos, a veces Teddy de forma más íntimamente amistosa para Jo) es un joven inquieto y un tanto díscolo y obcecado, pero sin malicia. Encantador y afectivo con quienes se gana su corazón. Quiere a su abuelo, aunque tengan sus discrepancias sobre el afán de este en que se centre en sus estudios para sucederle en el futuro o su disconformidad a la pasión musical del muchacho. Su alma se vuelve famélica de ese calor familiar que observa y escucha de la casa vecina, tan llena de vida y risas que contrasta con la sobriedad y la quietud en la que vive. A medida que el evidente acercamiento con la familia March se acentúe, será uno más de ello hasta el punto de compartir con ellas risas, juegos, llantos y preocupaciones. Con Jo se aprecia de antemano los brotes de una amistad mucho más intensa, compenetrándose y entendiéndose el uno al otro pero con inevitables choques por tener ambos personalidades intensas, similares en unos aspectos pero dispares en otros; pero el lector no tardará en entrever que bajo esa amistad intensa y franca él germina un sentimiento mayor hacia la segunda de las hijas March.
Otros personajes complementan estos que se vuelven complementarios en el entramado argumental. La tía March es una anciana más bien arisca y demasiado pragmática, pero no es difícil distinguir que en el fondo quiere a la familia de su sobrino político; aunque sea a la manera de su personalidad añeja. James Laurence da el perfil superficial de anciano serio, estricto y huraño, pero las apariencias engañan en buena parte, viendo como acaba estimando el hogar de los March cuando se conozcan mejor, en especial con una de las hijas por motivos propios; y aunque adora a su nieto, es estricto mirando por su futuro y temiendo que viejas historias de la familia se repitan y que el espíritu del muchacho se vuelva demasiado libre e indómito, y la influencia de sus vecinas le ayudará a entender que es necesario aflojar un poco esa bienintencionada presión. Hannah es la criada de los March desde antes de perder su fortuna, y se mantiene fiel a ellos aunque realice sus servicios por vocación y lealtad a la relación tan confiada y familiar con ellos después de tantos años. Otro personaje a tener en cuenta es John Brooke, el tutor de Laurie, un personaje sin demasiada importancia en sus primeras apariciones pero que va ganando un peso gradual dentro de su rol secundario.

En general, la trama es dulce, con sus momentos agrios e inesperados propios de las circunstancias que supone la vida en sí. Una lectura sosegada y sencilla pero que un lector con buen ojo es capaz de entrever la profundidad que posee. Cualquiera podría identificarse en algún momento con las distintas situaciones y reflexiones que ofrece, animando a la superación tanto personal como de las tribulaciones varias que pueden ocurrir en el día a día.
Lo que quizás me desubicó un poco (y que puede que le ocurra a cualquiera que haya visto alguna de sus adaptaciones cinematográficas sin conocer a fondo la bibliografía de Alcott) fue su final. Esta novela culmina más o menos en el ecuador de lo que se ha llevado al celuloide, y la razón es que las distintas películas abarcan tanto esta historia como su continuación directa de la cual yo desconocía (Good Wives en inglés, Aquellas Mujercitas en español); y aunque esta historia acaba bien tal cual, deja bastantes cosas en el aire que puede inquietar la curiosidad del lector como para continuar con la vida de las hermanas March.
Sin embargo, una vez llegado a su desenlace, uno comprueba en su desarrollo una alegoría de lo que supone madurar para las cuatro mujercitas, incluyendo a Amy y Beth a pesar de ser más jóvenes que Meg y Jo, quienes son las más próximas a esa etapa inevitable y cada vez más cerca que es ser verdaderas mujeres.

Sobre las adaptaciones antes citadas, todas reflejan bien lo que condensa esta novela. Esta lectura me esclareció como ocurre de verdad ciertas escenas llevadas al cine de distintas maneras, además de otras que nunca se mostraron en la gran pantalla o que se vieron de manera demasiado vaga. Todas son dignas de ser visualizadas, desde la primera de 1933 hasta la más conocida y reciente de 1994 (con Katherine Hepburn y Winona Ryder encarnando a Jo respectivamente); pero mi predilección personal es la de 1949 en la que Elizabeth Taylor toma el rol de Amy.

En lo que respecta a su lectura en inglés, que este fue el caso, no supone un verdadero desafío. Quienes tengan al menos el nivel del certificado B1 podrán afrontarlo con fluidez, pero también es una buena lectura para los que no sean tan versados pero sí iniciados en el idioma; aunque la consulta al diccionario o traductor de turno puede ser inevitable tanto para unos como para otros, sobre todo por algunas expresiones y estructuras gramaticales que son menos frecuentes incluso para los hablantes nativos de hoy en día.

Conclusión: Una historia de una familia unida y buen avenida incluso en la pobreza, las limitaciones o las diferencias de caracteres de sus integrantes. Un día a día que puede ser especial si uno conecta con la visión de las hermanas March capaz de contagiar a quienes las rodean.


Mi valoración global: 4,5/5


domingo, 19 de febrero de 2017

Crítica personal: Harry Potter y el Prisionero de Azkaban

Título: Harry Potter y el prisionero de Azkaban
Título original: Harry Potter and The Prisoner of Azkaban
Autora: J. K. Rowling
Editado en España por: Salamandra

Sinopsis:

Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es un niño como los demás, sino que el héroe que venció a lord Voldemort, culpable de la muerte de sus padres. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no magas. Igual que en las dos primeras partes de la serie La piedra filosofal y La cámara secreta Harry aguarda con impaciencia el inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa. Y por si esto fuera poco, Harry deberás enfrentarse también a unos terribles monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la felicidad a los magos y borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con ayuda de sus fieles amigos Ron y Herminone, es capaz de todo y mucho más.

Crítica personal (puede haber spoilers):

Al tratarse de una continuación, será bastante inevitable que llegue a mencionarse lo que se considere ya sabido para quienes leyeron la anterior parte. Si te adentras en esta opinión, tenlo en cuenta.

Un nuevo curso y nuevas aventuras para el niño mago más famoso de la literatura actual; el cual ya empieza a dar sus primeros pasitos en la adolescencia, con todo lo que ello acarrea. Y desde luego, esta es una continuación que hace méritos al atractivo ritmo que ha llevado la saga hasta este punto. El prisionero de Azkaban es un título que empieza a ser de los que deban tenerse en cuenta, sobre todo de cara a su desenlace en el séptimo libro, por ciertos puntos que se tratan en este.

Más sonada, a la par que arriesgada y con demasiadas consecuencias negativas como mago menor de edad, no podría ser la marcha de Harry de la casa de sus tíos antes de este regreso a Hogwarts; aunque en su defensa se puede decir que no fue con premeditación, ni del todo falto de motivos. Y tampoco le será tan plácido el comienzo de este tercer curso, sin romper demasiado esa racha que lleva acarreando desde el principio, aunque esta vez el peligro puede llegar a ser más mortal para él, si cabe; incluso sin que, aparentemente, el Señor Tenebroso tenga algo que ver…
La alarmante fuga sin precedentes de un peligroso mago, el más leal y cruel de los siervos de Lord Voldemort como rezan las bocas de toda la comunidad mágica. Constantes augurios de muerte señalando al protagonista desde el comienzo del libro que, colateralmente, despertarán una vez más miradas recelosas (además de mofas maliciosas) dirigidas sobre él por parte de otros alumnos. Enigmáticas y grotescas criaturas circundando el castillo que le producirán un malestar mayor incluso al habitual que surte en el resto de magos y brujas… ¿Estará preparado Harry para afrontar todos estos factores adversos, a la par que encara un curso académico más arduo y con nuevas asignaturas? ¿Será capaz de desentrañar y asimilar verdades y sucesos que surgieron en un tiempo pasado, en el que él siquiera poseía uso de razón, que marcarán más aún un antes y un después en su propia percepción de su existencia y de la historia personal reciente en la que vive?

El prisionero de Azkaban, desde mi punto de vista, da un tono algo más maduro, e incluso pinceladas ligeramente sombrías, a esta historia que va creciendo a la par que su protagonista. Queda atrás la naturaleza introductoria y pueril, con el fin de ofrecernos (sin perder el encanto de los dos previos) una trama que se torna más intensa y rica, tanto en el desarrollo de personajes como en los acontecimientos de los que son partícipes, sumándose en el escenario nuevos añadidos a la sociedad de magos (como Azkaban, ya mentado de pasada en La cámara secreta, así como el peculiar sistema penitenciario de los magos) sin perder esa “coherencia” dentro de ese elemento tan ficticio y fantástico.

Tras la magia y la aventura, esta vez nos presenta temas tales como los mayores miedos de cada individuo; algo de lo cual somos conscientes en algún momento tanto en la edad temprana del protagonista como cuando ya la vida nos ha curtido. Y si la discriminación y los desprecios se asomaron en el segundo libro, el prejuicio es otra lacra de la sociedad que se deja asomar en éste. Otro punto que dará más juego a la historia de Harry Potter a partir de El prisionero de Azkaban es lo difusa, subjetiva e incluso moldeable que puede ser la verdad, algo provechoso para unos y nefasto para quienes le toca la peor parte.

Una vez más, Jo fusiona la sencillez y la profundidad en una simbiosis perfecta para las delicias de quienes se han dejado conquistar por los dos libros anteriores. Una trama original, más enriquecida y absorbente, con giros en el argumento y revelaciones (sobre todo en los últimos capítulos) que seguirán pasmando al lector. A pesar de tantas novedades añadidas al escenario y a la historia en sí, dilatando más las intrigas, la autora sabe hacerlo en cantidades generosas pero a la vez justas para no desbordar al lector.

Harry ha entrado en la primera estancia de la adolescencia, así como en el inevitable e intrínseco comportamiento que esa etapa suele arrastrar a los jóvenes. Llegará a ser, en ciertos aspectos, algo más rebelde y arrojado cuando considera serlo, e incluso no tan comedido si pinchan donde más le duele en la moral; pero no por ello echará a perder lo mejor de sí mismo. Se enfrentará, más literalmente, a sus propios miedos, en un reto sin precedentes en sus correrías por Hogwarts en arras de superarse en todos los sentidos; sin duda son varias las pruebas a las que se enfrenta, no sólo en el terreno mágico, sino también en su propia alma y su desarrollo emocional como ser humano que crece ante lo bueno y lo malo que le dispone la vida y los azares del destino.
En El prisionero de Azkaban, la amistad entre Ron y Hermione pasará por muchos altibajos, hallándose su amigo común incómodamente en medio de ambos. Aquí es donde veo cómo empieza a surgir gorgoteos sutiles que fraguan más esa amistad sincera pero con ineludibles roces ásperos de estos dos muchachos tan diferentes pero a la par complementarios.
Albus Dumbledore sigue en la línea que describí en las dos reseñas previas, aunque uno llega a sorprenderse un tanto en este tercer libro; quedando claro que este anciano, sosegado pero firme por norma, puede llegar a imponer en el momento preciso y en la medida justa.
Vemos cambios y novedades en el profesorado junto a los que ya conocimos, sobre todo con la incorporación de materias optativas para Harry y compañía al entrar en su tercer año. La estrafalaria Sybill Trelawney de Adivinación se hará notar bastante en la práctica totalidad de sus apariciones, e igualmente están las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas, que en este curso se estrena un profesor que mejor no decir de quién se trata para evitar un buen spoiler.
Habrá otro reemplazo este curso para el gafado puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras: Remus Lupin; un hombre que, a pesar de su aspecto bastante dejado y vetusto, se ganará a la mayoría de los alumnos (ya de antemano deberíamos saber cuales serán la excepción). Poco a poco se irá desgranando de él mucho más de lo que pueda prejuzgarse, o tan siquiera imaginar.
Entre los alumnos de Hogwarts, seguiremos viendo en mayor o menor medida a viejos conocidos y alguna discreta novedad. El quidditch estuvo presente en los anteriores libros, pero en éste goza de un protagonismo algo más acentuado en relación a los otros; y vemos a Lee Jordan (amigo Gryffindor de Fred y George) en su máximo exponente en su faceta que comentarista, haciéndose para esta crítica un personaje de ineludible mención. Tímidamente aparecen quienes comparten con Harry la posición de buscador en los demás equipos, a parte de Draco en Slytherin ya visto en La cámara secreta; intervenciones bastante menores, pero que lo mejor será no olvidarles lo más mínimo tras terminar el libro.
No sólo se nos presentan nuevos personajes entre los muros del castillo, sino también en sus cercanías en el pueblo de magos de Hogmeade, al cual los alumnos a partir de tercer curso pueden hacer excursiones puntuales y programadas para disfrutar de un día libre fuera de la escuela. Además de las novedades, reaparecerán algunos personajes aparecidos en los anteriores, esta vez con mayor presencia y relevancia dentro de sus roles secundarios.
Las criaturas mágicas del universo de J. K. Rowling siguen presentes, con novedades gracias a una de las nuevas asignaturas. Pero el mayor peso en este libro recae sobre los llamados Dementotes, tan bien conocidos por los fans de la saga; entes siniestros y grotescos que propagan la miseria y la desesperanza, capaces de mermar los buenos sentimientos de toda personas y dejarles sin sus más bellos recuerdos, que además son usados por el Ministerio de Magia como guardianes de Azkaban. Para nulo agrado de los habitantes de Hogwarts, en especial Harry, tendrán peligrosamente cerca estas siniestras criaturas por un cometido relacionado con su deber ante los delincuentes mágicos… lo cual no resta sus pérfidas intenciones naturales.
¿Y sobre el personaje que da título a este libro? Nos mantendrá en vilo hasta el momento en que todas sus cartas se pongan sobre la mesa. Sirius Black no me ha decepcionado, en absoluto; la autora ha logrado que ejerza muy bien el papel que le ha correspondido en este tercer libro.

En general, una historia con aventura, magia e intrigas, sin descuidar el punto de humor, barajándose momentos emocionantes con otros muy amenos. Su recta final es un carrusel de acontecimientos y revelaciones en constantes giros de argumento hasta el desenlace; el cual deja al lector con ganas de más, junto a un sabor algo amargo de sucesos que pudieron ser pero que se escapan entre los dedos, para impotencia de Harry, pero quienes se han aventurado en este libro saben perfectamente que si no hubiera sido de esta forma, el resto de la historia no habría sido igual.
Sin embargo, a pesar de ser un título a la altura de la saga y de mis propias expectativas, El prisionero de Azkaban ha sido el que sutilmente se coloca el primero por la cola si tuviera que enfrascarme en la muy complicada tarea de determinar un orden personal de preferidos. ¿Los motivos? Objetivamente, ninguno, pero supongo que es algo que está dentro del gusto propio y la conexión con este episodio de la obra.

Conclusión: Este tercer recorrido de la saga Harry Potter se haya bastante a la altura de la línea que la autora marca. El inicio de los primeros indicios a tener en cuenta en el futuro, con revelaciones y sucesos que marcarán la dirección de la gran aventura del niño que sobrevivió de cara a El cáliz de fuego.


Mi valoración global: 4,5/5

martes, 14 de febrero de 2017

Crítica personal: Noches Blancas

Título: Noches Blancas
Título original: Let it snow
Autores: John Green, Maureen Johnson, Lauren Myracle
Editado en España por: Nube de Tinta

Sinopsis:

La peor nevada en cincuenta años. Tres historias de amor. Una noche mágica.

Todo puede cambiar en cuestión de segundos, solo se necesita un poco de nieve y de magia navideña. La vida de Jubilee no es perfecta: acaba de discutir con su novio Noah y tiene que viajar hacia Florida por un problema con sus padres. Pero una tempestad de nieve lo cambiará todo cuando el tren en el que viaja se detiene en la pequeña localidad de Gracetown, en Nochebuena. Afortunadamente, conoció a Stuart, un joven del mismo tren que invita a pasar las fiestas con su familia.
Como con las piezas de un dominó, un beso lo cambiará todo, y dará lugar a otras dos historias de amor.
Tu vida está a punto de cambiar, ¿estás dispuesto a perdértelo?

Una historia hilarante, romántica y llena de calidez...

Crítica personal (puede haber spoilers):

Una novela que no evito comparar con esas películas de historias paralelas pero conexas, en especial con Noche de Fin de Año por las fechas en las que transcurren.

Noches Blancas son tres historias de amor que comparten escenario, cada una centrada en un determinado personajes y sus circunstancias en torno a las fechas navideñas, en un año que será recordado como el de la peor ventisca del último medio siglo.
El punto de partida es Jubilee, una joven que espera con ansias el día de Navidad porque hará un año de relación con su novio Noah. Sin embargo, cierto percance que afecta a su familia truncará sus planes y la hará coger un tren a Florida. Lo que no contará que una ventisca la haga quedarse a mitad de trayecto en un pueblo desconocido para ella llamado Gracetown.
Empezando por esa parada forzosa de Jubilee, el lector prosigue con lo que le ocurre a Tobin, un joven de ese mismo lugar que inesperadamente pasa de estar viendo películas en su casa con sus mejores amigos, a tener que atravesar todos juntos el gélido e inclemente manto nevado en una pequeña y loca aventura en plena madrugada de Navidad; finalizando entonces con Addie, quien ha cortado con su novio a pesar de que le sigue amando y comienza a dramatizar y a hacer locuras a raíz de ello.
Y en medio de todo, un Waffles House, un Starbucks, un hombre vestido de papel de aluminio y un grupo de animadoras serán algunos de los condimentos que acompañaran a esta historia a tres bandas.

Noches Blancas es un claro ejemplo de que tres no son siempre multitud (no al menos, en lo que se refiere a la hora de crear una estupenda novela como es este resultado).
Cada historia es independiente en lo que se refiere a sus propios ejes principales, aunque compartan escenario y personajes en el desarrollo individual de las mismas, encontrándose entre sí de manera tangente. Obviamente, llegan momentos en que las historias convergen y coinciden en el tiempo, apreciándose a través del orden de aparición de sus protagonistas la cronología de la novela.
El expreso de Jubilee (Johnson) es el que da inicio a este trío de romances, donde su protagonista aprende que algunas cosas no pasan porque sí o por mera malicia traviesa del destino. Un milagro de Navidad muy animado (Green) narra como tres amigos se sumergen en algo que surge tan espontáneo y trepidante como alocado e insensato. En La santa patrona de los cerdos (Myracle) vemos las tribulaciones de la ruptura sentimental en una joven que tiene mucho que aprender y madurar.
Cualquier comentario más a fondo sólo serviría para restar todo el interés potencial que supone Noches Blancas para cualquier lector que esté dispuesto a adentrarse en sus enternecedoras y divertidas páginas. Lo que sí podría comentar al respecto es que pueden ser más reales de lo que aparenta, si dejamos a un lado el idealismo que supone la excusa de juntar los milagros del corazón con la magia de la Navidad como gancho; enseñándonos esa verdad de que el amor se encuentra y no se busca, que puede aparecer de manera inesperada, que un desconocido te ayude a desempañar la ilusión que cubre la realidad que no llevas a ver, que a veces está más cerca de lo que creemos cuando aprendemos a no mirar tan lejos, y que incluso las segundas oportunidades existen siempre que los sentimientos logren demostrar su autenticidad recíproca.

Uno de los puntos más o menos comunes de las tres historias de Noches Blancas la figura de las animadoras. Estas son objeto, por decirlo de algún modo, de homenaje y sátira simultáneos, con defensores y detractores entre sus personajes. Este gremio asociado a los pompones y las piruetas serán un factor polifacético, en muchos casos para enfatizar los momentos más ácidos, divertidos, hilarantes y alocados de la novela, pero en otros serán objeto de antipatía, tedio y censura.
Además vemos dos conocidas franquicias norteamericanas como son Waffles House y Starbucks, las cuales serán escenarios presentes y característicos en esta novela… y no sólo para tomar tortitas o café.

Cada una de las partes que compone este libro están narradas en primera persona, adentrándonos perfectamente en cada uno de sus protagonistas principales, lo que refleja claramente lo diferentes que son entre sí tanto en manera de ser, forma de sentir y de amar, así como sus respectivos trasfondos y evoluciones a lo largo de sus propias tramas.
Los tres estilos de sus autores son claramente diferentes entre sí (en especial el de Green respecto a sus dos compañeras), algo que se aprecia por el hecho de que cada uno de ellos se ocupa de una historia; pero eso no quita la armonía que forman en conjunto. Las prosas de Johnson y Myracle son agradables y sentidas, bastante similares entre sí a mi parecer pero con sus marcas de distinción, con matices suaves pero intensos. Mientras que el estilo de Green es ese tan propio que me ganó en todas las obras suyas que leí anteriormente, con un trazo más firme y directo que conecta a la perfección en medio de los otros dos; aunque es cierto que, ya sea para bien o para mal, uno se hace consciente de lo fácil que cae este gran autor en eso de copiarse a sí mismo.

Jubilee es una muchacha como cualquier otra, pero que se siente vivir sobre una nube por su relación con un chico intachable y admirado que se le ve rodeado por un manto de perfección y una vida llena de ocupaciones. Al principio, y como es lógico, sentirá que todo se desmorona por lo que ocurre con sus padres, lo que la obliga a no estar con Noah para su aniversario; pero ella sacará muchas cosas de esta experiencia tras conocer a Stuart, encontrando una perspectiva menos idealizada de su vida, así como conocer de verdad lo que tiene, lo que no, y sobre todo a sí misma.
Tobin (que a todas luces se le ve salido de los típicos patrones de su autor) es reticente a los riesgos, pero aun así logra encontrar motivos suficientes para espolearse a sí mismo en busca de acopio para atreverse a recorrer medio pueblo (sin reparar demasiado en lo intempestivo que resulta el clima y el momento) con sus amigos JP y Duque en un acto alocado que sólo los adolescentes son capaces de lanzarse; sin saber lo que puede pasar en esa noche, pero desde luego no la recompensa que le espera al final.
Addie es uno de esos personajes que me despiertan empatía y tedio. Uno se compadece de su pesar pero al mismo tiempo es alguien censurable por su aptitud inmadura y un tanto ególatra, aunque no es realmente consciente de esos defectos de personalidad. Y en mitad del melodrama de su ruptura recibirá, como respaldada por un particular ángel de la guarda al estilo Que bello es vivir, una lección intensiva que la ayude a pulir su perspectiva de la vida y los sentimientos al mismo tiempo que intente no defraudar a sus dos mejores amigas, Tegan y Dorrie.
Aquí desfilan distintos personajes secundarios (a parte de los mencionados junto a sus principales), en muchos casos presentes en más de una de estas historias paralelas, con su mayor o menor relevancia y aporte en el desarrollo tanto individual como global de las mismas. Sin duda el más representativo es el hombre vestido con papel de aluminio… un tipo que, dentro de su rol aparentemente insulso y fugaz, es capaz de dejar huella incluso antes de su primera línea de diálogo.

Normalmente las portadas en las que sale el nombre de John Green cumplen el dicho de “en la sencillez está el gusto”, y la de Noches Blancas no es menos, y en esa simpleza se encuentra su atractiva carta de presentación.

Tres historias tan fugaces pero intensas, que agradan no sólo en su desarrollo, sino también en conclusión tanto individual como global. Cada una realmente independiente en lo crucial, pero enlazadas o conectadas incluso por sutiles pero férreos nexos hasta que se arrastran en una vorágine que hace cerrar la novela de manera soberbia.

Conclusión: Cautivadora, divertida y emotiva; casi sin darte cuenta se te escapará una risa y al momento sentirás el corazón palpitar con esta novela diestramente creada a tres plumas. Una lectura digna de leer como un contemporáneo clásico navideño; pero Noches Blancas se acredita a sí mismo como un libro digno de adentrarse incluso si lo haces fuera de temporada, porque el amor y lo que en verdad significa la Navidad son cosas que debemos acarrear cada día de nuestra vida.


Mi valoración global: 5/5